De camino al Norte

Pensamientos gastronómicos
Lecturas y productos gastronómicos que ponen a funcionar nuestras neuronas

Pensamientos gastronómicos

Publicado por | 22 de abril de 2014
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De camino al Norte
Segovia se esconde tras el incierto oleaje del terreno. Fue Zuloaga quien mejor supo retratarla plasmando en sus cuadros las torres de esa catedral que con su altura delatan solas y con contundencia la existencia de una ciudad antigua, bien asentada desde los tiempos de Roma, oculta entre las lomas del engañoso paisaje. Pero no nos detenemos en ella y continuamos rumbo al Norte. Dejando atrás la marea verde de los pinares de Cuéllar llegamos a Valladolid justo a timpo para comer algo en la Estación Gourmet, el nuevo espacio vivo en la ciudad señorial a orillas del Pisuerga que fuera capital de España hasta que el rey Felipe II la trasladara a Madrid.

La recuperación de este edificio industrial para dar al viajero un espacio funcional y variado donde comer algo en tanto llega el tren esperado es loable como lo es también dotar a la ciudad de un nuevo espacio de encuentro para los vallisoletanos en torno a los buenos vinos y productos de la región. A mi juicio, sin embargo, la nave de la nave de la estación –como también se conoce a esta antigua nave para paquetería sin uso durante largo tiempo- se queda a mitad de camino sin llegar al objetivo pretendido de imprimir al espacio aires de modernidad; la disposición y diseño de los distintos puestos más bien parecen una feria de muestras, una mera sucesión de stands de productos de alimentación.

Los snacks de morcilla (de embutidos Cardeña) con guacamole, divertidos, o las galletitas oreo también de morcilla con crema de queso, productos bajo la marca institucional Tierra de Sabor, me llamaron más la atención por la elogiable apuesta de la empresa burgalesa por la innovación con el producto tradicional que porque se me hayan revelado para incorporar a mi compra pero, en fin, cada uno tiene sus gustos y sin duda habrá quien los disfrute más que yo. Por su parte, las mollejas o el pincho de lechazo no hicieron en mi el mejor de los efectos –quizá habría sido mejor elección la tentadora la empanada de lechazo-, aunque la carne de Barsán, gallega de origen, estaba verdaderamente buena y Mya, el puesto de quesos artesanos merece la pena: sumamente variado y aparente y con varios quesos para los alérgicos a la lactosa (Emmental, Parmiggiano, Appenzeller, Gruyer y Comté). En la Vinoteca el innegable buen vino de Ribera de Duero nos sorprendió sin embargo no solo por los 4 euros la copa sino por lo exiguo, casi raquítico, de la medida, a la europea…
 
Sin duda mejor fue la llegada a Asturias; no nos decepcionó. No hace mucho que los dueños del antiguo Barlovento cerraron en Llanes sus puertas para abrir ahora El Bálamu en la lonja nueva del puerto. El local, mole de hormigón y cristal por fuera, sorprende nada más llegar, luminoso, con sus ventanales inclinados dominando la entrada del puerto pesquero y la costa llanisca. Una decoración cuidada, acogedora y actual, escenario inmejorable para seguir sirviendo el pescado de calidad y bien tratado que les  caracterizaba en el anterior local. La zona de barra, para tomar un aperitivo a buen precio disfrutando de unos excelentes los clamares -o rabas- acompañados de las sidras etiqueta negra que empiezan a cuidarse en el Principado, pasa ya a ser un imprescindible en la villa. Pero nada más subir las escaleras se topa uno con lo que probablemente más identifique al Bálamu: un enorme besugo, un rodaballo de más de 8 kilos, dos lenguados aun vivos o un vistoso cabracho esperaban dispuestos junto a otros compañeros marinos sobre una pulcra encimera de mármol, recién salidos de los barcos pesqueros e identificada cada pieza con el responsable de su captura, en justo reconocimiento a la labor sacrificada de los pescadores y sus barcos, cuyos nombres forman parte inseparable del paisaje llanisco: el Riveru, el Sandra María, el Virgen de Guía, el Nuevo Vendaval…

Y para acabar la jornada de viaje dejando atrás los ruidos urbanos qué mejor que acabar este equilibrado paseo gastronómico entre la materia prima tradicional y los aires modernos, que abandonarnos al reposo en Cae a Claveles. No diré aquello de «entre sus paredes encuentra uno…» porque para empezar, no tiene casi paredes, no al menos a la manera convencional. Cae a Claveles es un hotel singular en que encuentra uno la absoluta quietud frente a la sierra del Cuera, durmiendo bajo la estructura de hormigón con cubierta vegetal que como una ondulación del terreno emerge del «prao», confortablemente separado de la exuberancia del paisaje asturiano por unas sólidas  paredes de cristal. Premio de Asturias de Arquitectura en el 2012 poco después abrió sus cinco habitaciones a los viajeros exigentes que buscan apartarse de lo convencional en el bucólico pueblo de la Pereda, una cuidada pedanía del concejo llanisco en que se encuentra uno en plena naturaleza a tan solo 4 km del bullicio de la villa. El diseño, obra del estudio asturiano Longo y Roldán Arquitectos, maneja volúmenes y curvas como hace casi un siglo hiciera ya Le Courbusier, jugando a veces al equívoco; y nos recuerda cómo horas antes y kilómetros atrás hicieran a nuestra vista las inciertas lomas de Castilla queriendo ocultar la vetusta ciudad de Segovia, solo delatada por las altas torres de su catedral. Pero aquí todo es verdor, relajación, sencilla sofisticación y paz, mucha paz… el trato personal de la pintora Emma Fernández Granada y de Josechu hacen lo demás.

Un sitio perfecto donde descansar dejándose llevar por el mecer de las hojas de castaños, eucaliptos y hayas, por el lejano tañido de los cencerros del ganado o el olor de la vegetación ahora primaveral que rodea al hotel. Porque en Cae a Claveles todo lo que pasa es natural.


Ainhoa del Carre.
Editorial Tejuelo
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